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A las siete del 29 de diciembre el cielo del Centro de Lima se llenó de una macabra luminosidad. Luces de colores y sonidos de silbadores hacían eco de los gritos desgarradores de cientos de personas que trataban de escapar de la muerte a la cual no pudieron eludir más de 120 personas calcinadas y cerca de un centenar de heridos.La desesperación envolvía a todos. La alocada carrera de la gente escapando en dirección al jirón de la Unión por los jirones Cusco y Miró Quesada advertía que algo terrible ocurría en Mesa Redonda.Y así era.
El corte de energía eléctrica en la zona proporcionaba una lúgubre cortina de fondo para un escenario envuelto de gritos -de los comerciantes, bomberos policías- con circulinas quebrando la penumbra intermitentemente y las inmensas llamas relumbrantes que brotaban desde las cinco galerías ubicadas en el cruce de Andahuaylas y Cusco, uno de ellos el centro comercial Mina de Oro -luego se prolongaría a cuatro manzanas-presas del fuego.Los comerciantes apenas iniciado el fuego intentaban buscar a sus familiares llamándolos con gritos desesperados o proteger su mercadería, aterrorizados ante la idea de perderla a manos de las lenguas de fuego o las de los inescrupulosos vándalos que intentaban sacar provecho de la ocasión. Algunos incluso cerraron sus puertas, quedando en el interior. Eso con seguridad incrementará el número de víctimas, reveló el comandante general del cuerpo de bomberos, Tulio Nicolini. Mientras tanto Eduardo Valcárcel, jefe de brigada de Lima 4, señaló que la cantidad de fallecidos llegaba a los 120.
Las calles mostraban un escenario espeluznante. Las aguas cubrían veredas y pistas. Los restos de madera, papel y plástico lanzaban sus fétidos olores. De pronto, en la esquina de los jirones Andahuaylas y Cusco, lo que parecía un amasijo de fierros descubrió su verdadera naturaleza: más de una decena de cuerpos totalmente calcinados, aferrados todavía algunos a carretillas de carga o sus paquetes. Al lado de ellos tres vehículos totalmente destruidos. Al frente, totalmente anónimo, un cuerpo carbonizado yacía en la vereda. Nadie lo tomaba en cuenta, muchos pensaban que era un maniquí. "Acá hay otro", se convirtió en la frase más común en los labios de bomberos y policías.
La desesperación también aparecía en los rostros de los 440 bomberos -40 unidades llegaron al lugar- que durante más de tres horas lucharon contra las llamas al ver que el agua carecía de la fuerza suficiente -cuándo no- y el siniestro saltaba de un edificio a otro, facilitado por los materiales pirotécnicos y plásticos acumulados en esas galerías y el material de las viviendas, en su mayoría quincha. Sedapal llegó con seis tanques de agua como apoyo.
Los efectivos policiales también mostraban las huellas de la angustia y desesperación en su esfuerzo para poner orden en la zona. Las unidades de emergencia no se daban abasto. El mismo ministro del Interior, Fernando Rospigliosi, llegó hasta el lugar y no solo lamentó la tragedia sino que demandó poner fin definitivamente a la venta de material pirotécnico y demando firmeza para que no volviera a ocurrir hechos de este tipo. La avenida Abancay era una inmensa aglomeración de curiosos. La policía tuvo que cerrar al tránsito en esa avenida y efectivos de la guardia montada tuvieron que actuar.En la parte más alta de la galería Super Plástico -jirón Cusco 695- se veía las escenas más angustiantes. Treinta personas atrapadas en un altillo, cerrado con rejas, mientras el primer piso estaba totalmente envuelto en llamas.

Los bomberos actuaron rápidamente y uno a uno fueron bajando a los atrapados. Justo a tiempo, porque a los pocos minutos ese altillo era devorado por las llamas. María Isabel Lévano Villa de 26 años, totalmente mojada, pero viva, estuvo adentro, pero con los ojos marcados por el miedo y las lágrimas preguntaba por su hermano Fernando y sus cuñados Giovanna y Julio, a quienes no podía encontrar. Como una mecha prendida, una versión de la causa del siniestro empezó a expandirse y no solo cobró fuerza sino que adquirió rango de confirmada.

Un comerciante quiso probar un juego pirotécnico, cuyas chispas saltaron y con ello desencadenó una mortal cadena de fuego que no se detuvo. Con el paso de las horas el fuego era controlado, pero el ruido ronco provocado por la caída de los muros de algunos locales así como el hallazgo de más cadáveres, anunciaban que el siniestro había capturado su cuota de victoria.
   
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